Hay un piano imaginario en mi departamento que ocupa mucho espacio.
Sentada en mi sofá, lo contemplo detenidamente (está justo enfrente de la ventana que da al balcón), yo deliberando que hacer con él caigo en la conclusión de que yo si ni siquiera se tocar piano.
Desde que empezó este año me he dado tremendos golpes con ese piano imaginario, pero es que no me he querido deshacer de el, porque en realidad mi departamento jamás se había visto tan hermoso.
He recibido todo tipo de consejos: me han dicho que me deshaga de él cuanto antes, que lo destruya, que lo convierta en leña, que lo regale o que lo venda en eBay, otros simplemente me aconsejan que deje de pensar en él y que poco a poco se irá desvaneciendo en mi imaginación.
Hoy por la mañana me pasó por la mente donarlo, sí, donarlo a un hospital psiquiátrico, a donde llegaría asegurándoles que es un piano imaginario de lo más fino, de lo más caro. Les haría firmar una carta imaginaria en donde se comprometieran a cuidarlo bien y mantenerlo en buen estado. Probablemente algún loco igual que yo, lo vería claramente y haría buen uso de él; creo que de todos los lugares este sería en el que mejor uso le darían a mi piano imaginario.